ES
CARLA RONCI: TESTIMONIO DEL EVANGELIO
PROPUESTA DE UN CAMINO DE ESPIRITUALIDAD LAICAL
Una niña rósea que rebosaba salud En nuestros días Torre Pedrera, una franja de costa a pocos kilómetros de Rimini, es una ciudad atestada de turistas, con una playa hermosa e importantes estructuras hosteleras; es una destinación para un turismo de familias, procedente de toda Europa.
En cambio, en los años Cuarenta, Torre Pedrera todavía era un pequeño pueblo: casas modestas de albañiles, horticultores, pescadores; cuatro calles, una capilla modesta, sin cura, y una escuela, no muy atendida, porque los niños empezaban a trabajar muy temprano.
En esta franja de tierra Carla Ronci vivió.
Mario Ronci y Jolanda Casalboni, los padres de Carla, compartían las mismas modestas condiciones económicas que el pueblo. Mario era pescador, Jolanda ayudaba a su suegra en vender frutas y hortalizas. Vivían al día.
Carla nació el 11 de abril de 1936, a las cuatro de la tarde, en el hospital “Aiuto Materno” de Rimini, y fue bautizada dos días después en el mismo hospital, como se usaba en aquellos días.
Nacieron después de ella su hermana Pierina y su hermano Stefano.
El nacimiento de Carla, una niña rósea que rebosaba salud, llenó sus padres de felicidad.
Su madre la creció sin dificultades, porque era dócil y cariñosa, vivaz, abierta y comunicativa. Con los otros niños correteaba por las calles de Torre Pedrera, la mayoría de las veces para hacer travesuras; a menudo iba a la playa a broncearse o a nadar. A los seis años, antes de empezar la escuela, fue admitida a los sacramentos: hizo la primera confesión, recibió la Santa Eucaristía y la Confirmación.
“Carla era una niña amable” -su madre comentará -“siempre fue dócil conmigo, jamás fue verdaderamente mala”.
Su maestra la recuerda como una alumna modelo, amable, cariñosa, dócil, muy diligente, atenta y siempre lista a cumplir con sus deberes... “Era muy buena a recitar poemas”. Al examen final de las elementales sacó muy buenas notas, las mejores de su clase. Con el diploma de las elementales se acabaron sus estudios.
Durante la recuperación económica de los años Cincuenta, la familia Ronci también trabajó muy duro para mejorar su condición. Alcanzaron cierto bienestar: Mario se hizo camionero, Jolanda abrió una tienda de fruta y hortalizas. Después compraron otro edificio, con tiendas y apartamentos, los que alquilaban en verano.
En cambio, en los años Cuarenta, Torre Pedrera todavía era un pequeño pueblo: casas modestas de albañiles, horticultores, pescadores; cuatro calles, una capilla modesta, sin cura, y una escuela, no muy atendida, porque los niños empezaban a trabajar muy temprano.
En esta franja de tierra Carla Ronci vivió.
Mario Ronci y Jolanda Casalboni, los padres de Carla, compartían las mismas modestas condiciones económicas que el pueblo. Mario era pescador, Jolanda ayudaba a su suegra en vender frutas y hortalizas. Vivían al día.
Carla nació el 11 de abril de 1936, a las cuatro de la tarde, en el hospital “Aiuto Materno” de Rimini, y fue bautizada dos días después en el mismo hospital, como se usaba en aquellos días.
Nacieron después de ella su hermana Pierina y su hermano Stefano.
El nacimiento de Carla, una niña rósea que rebosaba salud, llenó sus padres de felicidad.
Su madre la creció sin dificultades, porque era dócil y cariñosa, vivaz, abierta y comunicativa. Con los otros niños correteaba por las calles de Torre Pedrera, la mayoría de las veces para hacer travesuras; a menudo iba a la playa a broncearse o a nadar. A los seis años, antes de empezar la escuela, fue admitida a los sacramentos: hizo la primera confesión, recibió la Santa Eucaristía y la Confirmación.
“Carla era una niña amable” -su madre comentará -“siempre fue dócil conmigo, jamás fue verdaderamente mala”.
Su maestra la recuerda como una alumna modelo, amable, cariñosa, dócil, muy diligente, atenta y siempre lista a cumplir con sus deberes... “Era muy buena a recitar poemas”. Al examen final de las elementales sacó muy buenas notas, las mejores de su clase. Con el diploma de las elementales se acabaron sus estudios.
Durante la recuperación económica de los años Cincuenta, la familia Ronci también trabajó muy duro para mejorar su condición. Alcanzaron cierto bienestar: Mario se hizo camionero, Jolanda abrió una tienda de fruta y hortalizas. Después compraron otro edificio, con tiendas y apartamentos, los que alquilaban en verano.
Una entre muchas otras
A los doce años Carla ya era una chica “alta, extrovertida, resoluta. Nunca se paraba, le gustaba moverse, cantar, correr y bailar”.
Los pasatiempos y los divertimentos eran los mismos que compartían la mayoría de las chicas: la playa, broncearse, y las largas nadadas. Pero su verdadera pasión era el baile. En cada fiesta ella iba, acompañada por sus padres, en una de los muchos salones de baile de la ciudad. Hermosa, esbelta y sonriente, era el orgullo de su padre, que veía que la admiraban y cortejaban. Carla también se complacía en ser el objeto de la atención de muchos jóvenes y aceptaba con placer las invitaciones de muchos admiradores, que querían bailar con ella.
A Carla le gustaba mucho ir al cine con sus amigas: era el momento en que ellas hablaban de sus “conquistas”, charlaban y soñaban juntas: discursos frívolos, pero inocentes sobre las cortes que les hacían los chicos, sobre las simpatías que nacían y morían en el tiempo de una polka. Otra pasión de Carla eran las revistas: “Grand Hotel”, en esos días muy leído, con sus historias de amor emocionantes y apasionadas, encendía las fantasías y despertaba los sueños que cada chica lleva en sí.
Pero el baile, el cine, las revistas eran solamente un momento de diversión en los días festivos. En realidad, durante la semana Carla trabajaba duro, porque su familia necesitaba su ayuda también.
Apenas había acabado el ultimo año de la escuela elemental, su madre la puso de aprendiz en una costurera. En sus horas libres cuidaba una cabrita que sus padres habían comprado para tener leche fresca.
Por la calles de Torre Pedrera iba empujando un carro con fruta y hortalizas, por sí misma o con su madre, o estaba muchas horas al banco de venta, siempre cordial, gentil, acogedora. Durante el verano trabajaba también como niñera: las familias que estaban de vacaciones o que trabajaban le encomendaban sus hijos para que los cuidara.
En su adolescencia Carla pasó un periodo despreocupado: se comportaba como las chicas que tenían su misma edad, permaneciendo sana y pulida interiormente.
Los pasatiempos y los divertimentos eran los mismos que compartían la mayoría de las chicas: la playa, broncearse, y las largas nadadas. Pero su verdadera pasión era el baile. En cada fiesta ella iba, acompañada por sus padres, en una de los muchos salones de baile de la ciudad. Hermosa, esbelta y sonriente, era el orgullo de su padre, que veía que la admiraban y cortejaban. Carla también se complacía en ser el objeto de la atención de muchos jóvenes y aceptaba con placer las invitaciones de muchos admiradores, que querían bailar con ella.
A Carla le gustaba mucho ir al cine con sus amigas: era el momento en que ellas hablaban de sus “conquistas”, charlaban y soñaban juntas: discursos frívolos, pero inocentes sobre las cortes que les hacían los chicos, sobre las simpatías que nacían y morían en el tiempo de una polka. Otra pasión de Carla eran las revistas: “Grand Hotel”, en esos días muy leído, con sus historias de amor emocionantes y apasionadas, encendía las fantasías y despertaba los sueños que cada chica lleva en sí.
Pero el baile, el cine, las revistas eran solamente un momento de diversión en los días festivos. En realidad, durante la semana Carla trabajaba duro, porque su familia necesitaba su ayuda también.
Apenas había acabado el ultimo año de la escuela elemental, su madre la puso de aprendiz en una costurera. En sus horas libres cuidaba una cabrita que sus padres habían comprado para tener leche fresca.
Por la calles de Torre Pedrera iba empujando un carro con fruta y hortalizas, por sí misma o con su madre, o estaba muchas horas al banco de venta, siempre cordial, gentil, acogedora. Durante el verano trabajaba también como niñera: las familias que estaban de vacaciones o que trabajaban le encomendaban sus hijos para que los cuidara.
En su adolescencia Carla pasó un periodo despreocupado: se comportaba como las chicas que tenían su misma edad, permaneciendo sana y pulida interiormente.
“Resistí a la gracia divina”
De repente un encuentro, que ya Carla había tenido, con las religiosas Ursulinas, las cuales habían abierto un jardín de infancia en Torre Pedrera, hizo destellar en su mente la idea que la vida podría ser vivida con una conciencia muy diferente.
Es interesante aprender mediante las palabras de Carla el relato de su radical cambio de vida.
“Era el año 1950: todas las mañanas veía las hermanas Ursulinas ir a la misa con mucho frío en invierno, y a veces con mucha nieve. Muchas veces me había asomado al jardín de infancia, y allá también las había encontrado tan reunidas y tan pías. Siempre serenas. Así pobres. Empecé a pensar: ¿Por qué hacen lo que hacen? Y ¿Para quién, si los niños son de otros y las pagan poco? ¿Y por qué son tan felices y tan serenas en su pobreza y sus privaciones?”.
“Una noche, sobre todo una noche, apoyada al antepecho de una ventana... había mucho movimiento en el pueblo... en la luz trémula de mi fantasía, vislumbré la forma de una cara y la sonrisa de una mirada que nunca había visto. En mi corazón sentí una voz y una invitación: fue horrorizada por mi misma: mirando atrás yo vi mis catorce años afuera de la felicidad y mi futuro suspendido en el precipicio del abismo. Dudé... propuse... dudé otra vez... cerré los ojos para ver mejor dentro de mí... propuse otra vez, limitando mi intención. ¿Mañana? Si, mañana. Mañana intentaré yo también. Llevaré a la iglesia algo de mi para que Dios no me atormente jamás con su voz: llevaré algo de mi para ver si de allá procede la felicidad y la serenidad que tienen esas monjas”. La mañana siguiente Carla se fue a la iglesia, asistió a la misa, al fondo de la iglesia, temerosa y sorprendida de lo que estaba ocurriendo dentro de ella.
“ ¡Qué impresión! Yo no lo entendía muy bien: el mundo se abría delante de mí en su realidad. No se si recé. Pensé mucho y en mi pensamiento vi otra vez aquella cara de la tarde antes: ¡Jesucristo! Esa fue la primera vez que lloré sin saber por qué lloraba”.
Ella prometió al Señor que habría dejado de bailar por un año. “Terminado el año santo no volví a bailar, en cambio dejé el cine y lo demás. Mi alma necesitaba otras cosas; tenía sed, sed del amor de Dios. Así empecé a ir a la iglesia y hacer los sacramentos más a menudo, encontrando en esos mucha paz y mucha felicidad”.
Para Carla esa elección un fue fácil ni tampoco natural. Su carácter resoluto y apasionado la ayudó en permanecer fiel “por fuerza o por amor” a las promesas que había hecho, y la idea de un Dios juez severo fue progresivamente sustituida por la experiencia de un amor fuerte y absorto, “cuyas flamas son flamas de fuego”.
Considerando su breve pasado ella dirá: “hasta los catorce años buscaba anhelosamente todo lo que creía pudiese llenar el vacío y la ansiedad que llevaba dentro de mí, pero en vano... resistí a la gracia divina hasta los últimos días de 1949”.
Ahora un nuevo camino se abría por ella en que se vislumbraban horizontes luminosos.
Empezó a atender la iglesia, a confesarse, a recibir la Eucaristía. El cura le regaló un pequeño Evangelio que le gustó como una novela; ella lo leyó y lo leyó muchas veces y de este momento empezó a pensar en un Dios bueno en el cual ella nunca había pensado.
Fue la primera etapa de su vida espiritual. De este momento Carla programa su vida pensando en la fe, con la intención de no obstar nunca a la voluntad de Dios, una voluntad que ella buscaba con constancia y pureza de corazón.
Es interesante aprender mediante las palabras de Carla el relato de su radical cambio de vida.
“Era el año 1950: todas las mañanas veía las hermanas Ursulinas ir a la misa con mucho frío en invierno, y a veces con mucha nieve. Muchas veces me había asomado al jardín de infancia, y allá también las había encontrado tan reunidas y tan pías. Siempre serenas. Así pobres. Empecé a pensar: ¿Por qué hacen lo que hacen? Y ¿Para quién, si los niños son de otros y las pagan poco? ¿Y por qué son tan felices y tan serenas en su pobreza y sus privaciones?”.
“Una noche, sobre todo una noche, apoyada al antepecho de una ventana... había mucho movimiento en el pueblo... en la luz trémula de mi fantasía, vislumbré la forma de una cara y la sonrisa de una mirada que nunca había visto. En mi corazón sentí una voz y una invitación: fue horrorizada por mi misma: mirando atrás yo vi mis catorce años afuera de la felicidad y mi futuro suspendido en el precipicio del abismo. Dudé... propuse... dudé otra vez... cerré los ojos para ver mejor dentro de mí... propuse otra vez, limitando mi intención. ¿Mañana? Si, mañana. Mañana intentaré yo también. Llevaré a la iglesia algo de mi para que Dios no me atormente jamás con su voz: llevaré algo de mi para ver si de allá procede la felicidad y la serenidad que tienen esas monjas”. La mañana siguiente Carla se fue a la iglesia, asistió a la misa, al fondo de la iglesia, temerosa y sorprendida de lo que estaba ocurriendo dentro de ella.
“ ¡Qué impresión! Yo no lo entendía muy bien: el mundo se abría delante de mí en su realidad. No se si recé. Pensé mucho y en mi pensamiento vi otra vez aquella cara de la tarde antes: ¡Jesucristo! Esa fue la primera vez que lloré sin saber por qué lloraba”.
Ella prometió al Señor que habría dejado de bailar por un año. “Terminado el año santo no volví a bailar, en cambio dejé el cine y lo demás. Mi alma necesitaba otras cosas; tenía sed, sed del amor de Dios. Así empecé a ir a la iglesia y hacer los sacramentos más a menudo, encontrando en esos mucha paz y mucha felicidad”.
Para Carla esa elección un fue fácil ni tampoco natural. Su carácter resoluto y apasionado la ayudó en permanecer fiel “por fuerza o por amor” a las promesas que había hecho, y la idea de un Dios juez severo fue progresivamente sustituida por la experiencia de un amor fuerte y absorto, “cuyas flamas son flamas de fuego”.
Considerando su breve pasado ella dirá: “hasta los catorce años buscaba anhelosamente todo lo que creía pudiese llenar el vacío y la ansiedad que llevaba dentro de mí, pero en vano... resistí a la gracia divina hasta los últimos días de 1949”.
Ahora un nuevo camino se abría por ella en que se vislumbraban horizontes luminosos.
Empezó a atender la iglesia, a confesarse, a recibir la Eucaristía. El cura le regaló un pequeño Evangelio que le gustó como una novela; ella lo leyó y lo leyó muchas veces y de este momento empezó a pensar en un Dios bueno en el cual ella nunca había pensado.
Fue la primera etapa de su vida espiritual. De este momento Carla programa su vida pensando en la fe, con la intención de no obstar nunca a la voluntad de Dios, una voluntad que ella buscaba con constancia y pureza de corazón.
Delegada de Acción Católica
Sentirse parte del proyecto de Dios produjo en Carla la necesidad de donarse a los otros y de donar el Dios que ella había conocido. Fue muy feliz cuando el cura le propuso entrar en la Acción Católica parroquial como delegada de las “Beniamine”, encargándole diez niñas, a las que siguieron otras: por fin eran treinta. Carla dirá: “Aun recuerdo, como si hubiera pasado ayer, que las almas me seguían verdaderamente”. En Acción Católica Carla enriqueció su cultura religiosa mediante el estudio del catecismo; la participación a los encuentros y a las jornadas de estudio la introdujo a nuevos intereses y refinó su sensibilidad, así que, leyendo sus escritos hoy, nos sorprendemos que ella había conseguido sólo sel diploma de elementales.
Dedicándose a Acción Católica apaciguó su ansiedad de apostolado y de donación: Carla descubrió horizontes espirituales nuevos; educó a si misma a una colaboración abierta y activa con su cura y otros dirigentes. Aunque más tarde encontró otros ámbitos formativos, Acción Católica fue el pilar de su estructura espiritual.
Dedicándose a Acción Católica apaciguó su ansiedad de apostolado y de donación: Carla descubrió horizontes espirituales nuevos; educó a si misma a una colaboración abierta y activa con su cura y otros dirigentes. Aunque más tarde encontró otros ámbitos formativos, Acción Católica fue el pilar de su estructura espiritual.
Las hermanas Ursulinas
Con las hermanas Ursulinas, las que con su propio testimonio la encaminaron hacia la conversión, Carla seguía su amistad. En ellas encontró verdaderas maestras de vida espiritual, las cuales la ayudaron con su testimonio y sus palabras a contestar, con conciencia y generosidad, a la llamada que ella sentía cada vez más y más urgente dentro de sí. Maduró la vocación a la vida religiosa, una vocación que llevó por mucho tiempo en su corazón y que manifestó explicitamente sólo años después.
“Nunca como hoy – escribe a Madre Dositea Bottani – sentí así fuerte el deseo de donarme completamente a Dios y de vivir en el sosiego de un convento, apartada de este mundo tan malo”.
Ésta no era su vía. El Espíritu la conducirá a descubrir después su verdadera vocación de laica consagrada en el mundo.
Sin embargo, siguió cultivando su vocación religiosa, siempre vecina a las religiosas, que le propusieron un serio programa de compromisos que interesaban completamente todos los aspectos de su vida cotidiana. Carla cumplió con esto con esmero, non sin cansancio y sacrificio, porque era muy dificultoso, seguramente más adecuado a una monja que a una joven que vive en el mundo. Sin embargo, Carla sacó mucho provecho de este reglamento.
Para andar con más seguridad por el camino que había empezado, tuvo la necesidad de un director espiritual al cual expresar sus propias dudas y aspiraciones, con el cual confrontarse sobre las elecciones por hacer, y tener la confirmación de ser en la voluntad de Dios. Ella eligió su cura, don Napoleone Succi, y se encargó a su paterna guía.
“Nunca como hoy – escribe a Madre Dositea Bottani – sentí así fuerte el deseo de donarme completamente a Dios y de vivir en el sosiego de un convento, apartada de este mundo tan malo”.
Ésta no era su vía. El Espíritu la conducirá a descubrir después su verdadera vocación de laica consagrada en el mundo.
Sin embargo, siguió cultivando su vocación religiosa, siempre vecina a las religiosas, que le propusieron un serio programa de compromisos que interesaban completamente todos los aspectos de su vida cotidiana. Carla cumplió con esto con esmero, non sin cansancio y sacrificio, porque era muy dificultoso, seguramente más adecuado a una monja que a una joven que vive en el mundo. Sin embargo, Carla sacó mucho provecho de este reglamento.
Para andar con más seguridad por el camino que había empezado, tuvo la necesidad de un director espiritual al cual expresar sus propias dudas y aspiraciones, con el cual confrontarse sobre las elecciones por hacer, y tener la confirmación de ser en la voluntad de Dios. Ella eligió su cura, don Napoleone Succi, y se encargó a su paterna guía.
Feminidad
A los diecinueve años Carla era una verdadera belleza: alta, con rasgos regulares, naturalmente elegante en sus actitudes. Ojos y cabellos morenos. Tenía una mirada penetrante: sus ojos esplendidos parecían entrar en el corazón de los que los miraban. La inteligencia era vivaz, lista e intuitiva; su palabra fácil y apropiada. Su físico fuerte y la extraordinaria resistencia al cansancio ayudaron el temperamento dinámico y activo, que siempre la ponía en búsqueda de nuevas y fecundas iniciativas.
El 20 de octubre de 1956, con el permiso de su confesor, hizo voto de castidad. Con esta consagración a Dios su feminidad se transfigura, explosión jubilosa de plenitud de vida. Ella escribirá en sus Memorias: “La feminidad es una propiedad que conquista y atrae; la feminidad de la alma consagrada a Dios tiene que ser tan dulce y suave de atraer todos a sí, para llevar al Señor después... Soy contenta de ser mujer, porque el Señor dio a la mujer el dono de la inteligencia intuitiva y es bello intuir las necesidades de los demás, ser maternas y comprensivas...”.
El Modelo es María Santísima. “La feminidad tiene que ser la misma que la de la Madonna: pura y casta”.
El 20 de octubre de 1956, con el permiso de su confesor, hizo voto de castidad. Con esta consagración a Dios su feminidad se transfigura, explosión jubilosa de plenitud de vida. Ella escribirá en sus Memorias: “La feminidad es una propiedad que conquista y atrae; la feminidad de la alma consagrada a Dios tiene que ser tan dulce y suave de atraer todos a sí, para llevar al Señor después... Soy contenta de ser mujer, porque el Señor dio a la mujer el dono de la inteligencia intuitiva y es bello intuir las necesidades de los demás, ser maternas y comprensivas...”.
El Modelo es María Santísima. “La feminidad tiene que ser la misma que la de la Madonna: pura y casta”.
La vida para los sacerdotes
Desde 1950, el año de su conversión, Carla decidió ofrecerse como victima de expiación y de propiciación para la santificación de los sacerdotes. ¿Qué causó esta donación? Carla intuyo la grandeza del ministerio sacerdotal y su importancia por la vida de la Iglesia
Escribe en una carta del 1969 a Padre Marcellino, pasionista: “Es en él que yo encuentro la verdad; es en él que encuentro la fortaleza. En él encuentro Jesucristo sobretodo. Y ofrecerse a Jesucristo ¿le parece poco?”.
Y siempre en la misma carta: “... Para mí el sacerdote es un hombre sin un corazón suyo, porque sólo tiene los sufrimientos y las angustias de los hombres, sus hermanos, y en su corazón late el corazón de Jesucristo; un hombre sin intereses y perspectivas, porque las suyas son las de Jesucristo; sin inteligencia y sin una palabra suya, porque lo que piensa o dice, todo en él refiere el pensamiento y la palabra de Jesucristo”.
Desde el hospital de Bologna, ya debilitada por la enfermedad y sufriendo atroces dolores, ella escribe otra vez: “Señor sólo tengo este corazón mio que es relleno de ti que eres el infinito. Éste de ofrezco para tus sacerdotes. Te ofrezco toda mi vida. Si quieres una victima de reparación por sus caídas, sus infidelidades, por lo que no hacen y que tienen que hacer, por lo que hacen y que no tienen que hacer, Señor, para ellos me ofrezco victima, preparada a todo, a todo, pero que nunca falte tu sacramento, porque el sacerdote es un sacramento de ti, Señor, y que sea puro y honrado, como tu lo quisiste”.
Escribe en una carta del 1969 a Padre Marcellino, pasionista: “Es en él que yo encuentro la verdad; es en él que encuentro la fortaleza. En él encuentro Jesucristo sobretodo. Y ofrecerse a Jesucristo ¿le parece poco?”.
Y siempre en la misma carta: “... Para mí el sacerdote es un hombre sin un corazón suyo, porque sólo tiene los sufrimientos y las angustias de los hombres, sus hermanos, y en su corazón late el corazón de Jesucristo; un hombre sin intereses y perspectivas, porque las suyas son las de Jesucristo; sin inteligencia y sin una palabra suya, porque lo que piensa o dice, todo en él refiere el pensamiento y la palabra de Jesucristo”.
Desde el hospital de Bologna, ya debilitada por la enfermedad y sufriendo atroces dolores, ella escribe otra vez: “Señor sólo tengo este corazón mio que es relleno de ti que eres el infinito. Éste de ofrezco para tus sacerdotes. Te ofrezco toda mi vida. Si quieres una victima de reparación por sus caídas, sus infidelidades, por lo que no hacen y que tienen que hacer, por lo que hacen y que no tienen que hacer, Señor, para ellos me ofrezco victima, preparada a todo, a todo, pero que nunca falte tu sacramento, porque el sacerdote es un sacramento de ti, Señor, y que sea puro y honrado, como tu lo quisiste”.
El conocimiento interior
Carla escribió mucho. Largas memorias, numerosas cartas, pensamientos impresionantes. Mediante sus escritos podemos seguir su camino espiritual y la unicidad de su experiencia de fe.
Sus escritos describen su relación con Dios, la oración, los motivos profundos de su acción. Y podemos discernir también los rasgos de una autentica experiencia mística, rica de manifestaciones ardientes de amor a Jesucristo, de momentos de contemplación inexpresables, de felicidad profunda aun en el dolor, de certidumbre de la presencia viva de Jesucristo en su propio corazón, de diálogos con Jesucristo llenos de confianza y de abandono.
¿De donde procedía la espiritualidad tan rica y con fundamentos teológicos de Carla, simple, pero apartada de mezquinos devocionismos?
Era la comunión con Dios que la ayudaba a penetrar con intuición, a comprender y vivir los misterios de Dios, a nivel de experiencia contemplativa.
Carla amaba apasionadamente a Dios de un amor incondicionado y sin fallecimientos y lo sentía presente en sí misma. Fue este amor que le dio la habilidad de alcanzar a un conocimiento interior, que la transformó y la empujó por el otro lado de la persona amada, así que fue una cosa sola con él.
Así ella se expresa. “Tengo una gran paz en el corazón y sólo pensar que tengo a Jesucristo me causa una felicidad tan grande que la palabras no pueden expresar”. “Soy feliz de ser en las manos de Dios y de ser tan amada por él”.
“Vivo en la felicidad”
Sus escritos describen su relación con Dios, la oración, los motivos profundos de su acción. Y podemos discernir también los rasgos de una autentica experiencia mística, rica de manifestaciones ardientes de amor a Jesucristo, de momentos de contemplación inexpresables, de felicidad profunda aun en el dolor, de certidumbre de la presencia viva de Jesucristo en su propio corazón, de diálogos con Jesucristo llenos de confianza y de abandono.
¿De donde procedía la espiritualidad tan rica y con fundamentos teológicos de Carla, simple, pero apartada de mezquinos devocionismos?
Era la comunión con Dios que la ayudaba a penetrar con intuición, a comprender y vivir los misterios de Dios, a nivel de experiencia contemplativa.
Carla amaba apasionadamente a Dios de un amor incondicionado y sin fallecimientos y lo sentía presente en sí misma. Fue este amor que le dio la habilidad de alcanzar a un conocimiento interior, que la transformó y la empujó por el otro lado de la persona amada, así que fue una cosa sola con él.
Así ella se expresa. “Tengo una gran paz en el corazón y sólo pensar que tengo a Jesucristo me causa una felicidad tan grande que la palabras no pueden expresar”. “Soy feliz de ser en las manos de Dios y de ser tan amada por él”.
“Vivo en la felicidad”
La felicidad siempre está con ella aun cuando le parece que el mundo le cae encima, o cuando llora o confesa en sus memorias sus dolores, porque en ella es presente el dono del Espíritu Santo. No es solamente la felicidad que le causa estar en armonía con la naturaleza o el encuentro y la comunión con los demás, sino la felicidad que procede del hecho que su alma entra en posesión de Dios, conocido y amado como el bien supremo e inmudable. Los que viven en el Espíritu encuentran la felicidad en su propio camino: felicidad en vivir, felicidad en amar, felicidad en la pureza, felicidad en el trabajo, felicidad en servir, felicidad en el sacrificio.
Carla tiene esta completa y profunda felicidad y la difunde en el corazón de los hermanos.
La felicidad da a su corazón una apertura al mundo y la lleva a una comunión cada vez más universal. Porque la felicidad “que procede de Dios es una dilatación del corazón; la alegría no es felicidad”. “La alma en gracia de Dios vive en la felicidad, porque usa todo para donarse, para amar, para reparar, para dar las gracias”.
Sólo un pensamiento puede quitarle la felicidad: “Soy feliz y esta felicidad sólo podría quitármela la certidumbre que Dios no fuese más misericordioso: sólo pensar que Dios es amor y misericordia me causa tanta felicidad y confianza”. Y añade: “Soy feliz de ser”, “La vida es bella”, “Soy demasiado feliz”, “La vida es maravillosa”, “Vivo en la felicidad”.
Carla tiene esta completa y profunda felicidad y la difunde en el corazón de los hermanos.
La felicidad da a su corazón una apertura al mundo y la lleva a una comunión cada vez más universal. Porque la felicidad “que procede de Dios es una dilatación del corazón; la alegría no es felicidad”. “La alma en gracia de Dios vive en la felicidad, porque usa todo para donarse, para amar, para reparar, para dar las gracias”.
Sólo un pensamiento puede quitarle la felicidad: “Soy feliz y esta felicidad sólo podría quitármela la certidumbre que Dios no fuese más misericordioso: sólo pensar que Dios es amor y misericordia me causa tanta felicidad y confianza”. Y añade: “Soy feliz de ser”, “La vida es bella”, “Soy demasiado feliz”, “La vida es maravillosa”, “Vivo en la felicidad”.
Siempre activa en todos los campos
Además de su intensa actividad en Acción Católica Carla participó en la pastorela de la parroquia, enriqueciéndola con su presencia y sus iniciativas. Empezó animando la liturgia, para que fuese entendida y seguida por todos. Junto a las monjas, se dedicaba a la cura de la iglesia, de los suelos a los adornos, a la ropa blanca. Atenta al tiempo libre de los muchachos, organizaba y guiaba excursiones de la parroquia: creó un carnaval y un festival musical para los muchachos; también fue la animadora del grupo teatral de la parroquia, en el cual actuaba con mucha pasión. Abrió una especie de pre-seminario, llamado “Cenáculo de los pequeños”, para suscitar vocaciones sacerdotales, misioneras, religiosas.
Animaba la jornada misionera, curaba la difusión de la prensa católica y actualizaba la biblioteca parroquial. Abrió un pequeño cine en las habitaciones de la iglesia, para que los muchachos pudieran ver sólo películas adecuadas a su edad. El cura le encargó toda la contabilidad de la parroquia; enseñaba cursos prematrimoniales para novios. En todos los campos del apostolado, ella hacía todo con pasión y entusiasmo, siempre haciendo participar nuevos colaboradores.
Después de su muerte, el cura dijo: “Perdí mi brazo derecho, no solo por el trabajo físico, sino, sobre todo, por la edificación de la parroquia”.
Animaba la jornada misionera, curaba la difusión de la prensa católica y actualizaba la biblioteca parroquial. Abrió un pequeño cine en las habitaciones de la iglesia, para que los muchachos pudieran ver sólo películas adecuadas a su edad. El cura le encargó toda la contabilidad de la parroquia; enseñaba cursos prematrimoniales para novios. En todos los campos del apostolado, ella hacía todo con pasión y entusiasmo, siempre haciendo participar nuevos colaboradores.
Después de su muerte, el cura dijo: “Perdí mi brazo derecho, no solo por el trabajo físico, sino, sobre todo, por la edificación de la parroquia”.
Maestra de catequesis y de vida
En octubre de 1965 el cura le encargó el grupo de las “Aspiranti”. Carla escribe en sus memorias: “Siento toda la responsabilidad que he tomado, aceptando. Si pienso en mi pobres fuerzas me desanimo. Pero, después de todo, ¿qué tengo que hacer? Las muchachas necesitan ayuda y ¿por qué tengo que rehusarsela?”. Lentamente Carla actuó un método de trabajo y de catequesis que se fundamentaba sobre algunos convencimientos sugeridos por el continuo contacto con las niñas, pero sobre todo por aquel sano equilibrio interior, fruto de su riqueza humana, y también dono del Espíritu Santo.
Un método que no había estudiado en los libros de pedagogía, sino dictado por el corazón, y basado en el amor; un amor sin efusiones y sentimentalismos, un amor fuerte y generoso, que la ponía al servicio de las niñas, para hacerlas crecer en las virtudes humanas y cristianas.
“Sí, creo que un medio útil para ayudar a nuestras adolescentes es: amarlas mucho, inspirarles mucha confianza, escuchar todo lo que ellas dicen, sin cansarse nunca y sobre todo sin escandalizarse de nada; parecer interesados también a las cosas más insignificantes”.
“Jesucristo, las encargo a ti: tu conoces a cada una de ellas; conoces sus necesidades y puedes hacer mucho para ellas; nuestras chicas tienen que ser amables: tienen que ser santas”.
El coloquio personal era requerido espontáneamente por las chicas, y Carla lo complacía porque intuya que la acción educativa no es completa si no se establece una verdadera relación personal. Intentaba entender a cada una de ellas, para descubrir sus características, solver sus problemas, hacer sobresalir sus potencialidades, provocar confianza en sí mismas y hacer que entendieran el sentido de su propias vidas.
La fuerza educadora fue sobre todo el testimonio de vida. Las chicas veían en ella un modelo en el cual identificarse, percibían la plenitud de vida, el entusiasmo no superficial, la coherencia con los principios que profesaba. Carla, por su parte, era atenta a no presentar el cristianismo como la mortificación de la belleza y de la felicidad de vivir, como un freno a la completa realización de la personalidad.
Por este motivo curaba mucho su parecer exterior: vestía a la moda, iba todas las semanas al peluquero, usaba un perfume ligero. “Visto con modestia y elegancia y trato de hacer entender a las almas, mediante mi vida, que el cristianismo no es una cruz, sino una felicidad”.
Un método que no había estudiado en los libros de pedagogía, sino dictado por el corazón, y basado en el amor; un amor sin efusiones y sentimentalismos, un amor fuerte y generoso, que la ponía al servicio de las niñas, para hacerlas crecer en las virtudes humanas y cristianas.
“Sí, creo que un medio útil para ayudar a nuestras adolescentes es: amarlas mucho, inspirarles mucha confianza, escuchar todo lo que ellas dicen, sin cansarse nunca y sobre todo sin escandalizarse de nada; parecer interesados también a las cosas más insignificantes”.
“Jesucristo, las encargo a ti: tu conoces a cada una de ellas; conoces sus necesidades y puedes hacer mucho para ellas; nuestras chicas tienen que ser amables: tienen que ser santas”.
El coloquio personal era requerido espontáneamente por las chicas, y Carla lo complacía porque intuya que la acción educativa no es completa si no se establece una verdadera relación personal. Intentaba entender a cada una de ellas, para descubrir sus características, solver sus problemas, hacer sobresalir sus potencialidades, provocar confianza en sí mismas y hacer que entendieran el sentido de su propias vidas.
La fuerza educadora fue sobre todo el testimonio de vida. Las chicas veían en ella un modelo en el cual identificarse, percibían la plenitud de vida, el entusiasmo no superficial, la coherencia con los principios que profesaba. Carla, por su parte, era atenta a no presentar el cristianismo como la mortificación de la belleza y de la felicidad de vivir, como un freno a la completa realización de la personalidad.
Por este motivo curaba mucho su parecer exterior: vestía a la moda, iba todas las semanas al peluquero, usaba un perfume ligero. “Visto con modestia y elegancia y trato de hacer entender a las almas, mediante mi vida, que el cristianismo no es una cruz, sino una felicidad”.
Pobre para servir a los pobres
El 19 de agosto de 1957, con el permiso de su director espiritual, hizo voto privado de pobreza. Alejándose de todas las cosas materiales se siente más libre de vivir la voluntad de Dios, “en la comodidades de la vida, como en la miseria más desolada”, de perder su propia vida para hallarla en el dono de si misma a los otros. De este momento todo lo que tiene no es suyo, sino de los pobres; ella es simplemente una administradora generosa de todo. De hecho Carla está convencida de que hacer voto de pobreza sin amor y participación con los pobres sería un inútil complacencia de sí mismos y una estéril búsqueda de santidad. Por este motivo expresaba un amor incondicionado hacia todas las personas, en las cuales hallaba el viso de Jesucristo, de amar y servir. No nos sorprendemos que Carla había vuelto, en Torre Pedrera, el corazón de todas las actividades caritativas.
Para Carlas todos era importantes: el niño, el viejo, el enfermo, porque sabía ver en todos la persona de Jesucristo.
Era muy atenta y cariñosa hacia los enfermos: los visitaba a menudo en el Hospital y en su casa, y exhortaba las monjas a hacer lo mismo.
Para poder ayudar a los pobres, tenía lo que ganaba con el trabajo de costura, al cual se dedicaba después de la cena, tras un día de trabajo en la tienda de fruta y hortalizas.
Se hizo cargo de muchas situaciones dolorosas, que logró solver con grandes sacrificios personales.
Para Carlas todos era importantes: el niño, el viejo, el enfermo, porque sabía ver en todos la persona de Jesucristo.
Era muy atenta y cariñosa hacia los enfermos: los visitaba a menudo en el Hospital y en su casa, y exhortaba las monjas a hacer lo mismo.
Para poder ayudar a los pobres, tenía lo que ganaba con el trabajo de costura, al cual se dedicaba después de la cena, tras un día de trabajo en la tienda de fruta y hortalizas.
Se hizo cargo de muchas situaciones dolorosas, que logró solver con grandes sacrificios personales.
La experiencia del Convento
Desde 1950 tenía la idea de ingresar en el noviciado de las hermanas Ursulinas. Durante ocho largos años guardó en su corazón el propósito y se preparó espiritualmente, con la ayuda de las monjas y carteándose con la Madre General. Pero fueron años difíciles, porque desde el momento en que ella expresó a sus padres, sus amigas y al cura su firme intención, halló una fuerte resistencia por parte de todos ellos, pero sobre todo por parte de su padre. Siendo muy firme y resuelta, sólo le quedaba la huida, que organizó a escondidas, y con la complicidad de su madre y de las monjas.
La mañana del 3 de febrero de 1958, con la angustia en su corazón, con el coche, afrontó un largo viaje hacia Scansorosciate di Bergamo, sede del noviciado de la Ursulinas.
Ella esperaba que con este acto su padre se convenciera. No fue así. Durante los pocos meses que pasó en el noviciado ella siempre fue atormentada por las visitas y las cartas de su padre, que quería que volviese a su casa.
Sin embargo, siempre con la sonrisa en sus labios, cumplía con precisión y felicidad con todos los deberes de novicia, y nunca dejaba entrever su dolor. Ganó la estima de todos, de las superioras y de las hermanas. Fue para Carla un periodo fecundo para su formación espiritual. “¡Tengo que ser fuerte, tengo que ser generosa! He ingresado en el convento para amar más al Señor, para ser toda suya... por eso nada puede pararme”. Sin embargo, una mañana la Madre Superiora, viendo que no se paraban las insistencias del padre de Carla, la llamó y le dijo: “Hija, me parece que esta no sea su vía. Vuelve a su casa, donde la esperan muchas almas. Podrá hallar la santidad en el mundo también”. Carla vuelve a su casa más rica de gracia, afinada por el sufrimiento e iniciada a una apertura más amplia en el apostolado. “Ahora sé lo que tengo que hacer para ser toda tuya y a cualquier costo trataré de ser fiel... Habría sido demasiado fácil ir a Dios de aquella manera”.
La mañana del 3 de febrero de 1958, con la angustia en su corazón, con el coche, afrontó un largo viaje hacia Scansorosciate di Bergamo, sede del noviciado de la Ursulinas.
Ella esperaba que con este acto su padre se convenciera. No fue así. Durante los pocos meses que pasó en el noviciado ella siempre fue atormentada por las visitas y las cartas de su padre, que quería que volviese a su casa.
Sin embargo, siempre con la sonrisa en sus labios, cumplía con precisión y felicidad con todos los deberes de novicia, y nunca dejaba entrever su dolor. Ganó la estima de todos, de las superioras y de las hermanas. Fue para Carla un periodo fecundo para su formación espiritual. “¡Tengo que ser fuerte, tengo que ser generosa! He ingresado en el convento para amar más al Señor, para ser toda suya... por eso nada puede pararme”. Sin embargo, una mañana la Madre Superiora, viendo que no se paraban las insistencias del padre de Carla, la llamó y le dijo: “Hija, me parece que esta no sea su vía. Vuelve a su casa, donde la esperan muchas almas. Podrá hallar la santidad en el mundo también”. Carla vuelve a su casa más rica de gracia, afinada por el sufrimiento e iniciada a una apertura más amplia en el apostolado. “Ahora sé lo que tengo que hacer para ser toda tuya y a cualquier costo trataré de ser fiel... Habría sido demasiado fácil ir a Dios de aquella manera”.
“¿Dónde quieres que te siga?”
Después que había vuelto a su casa Carla volvió con coraje a su trabajo en Acción Católica y en el apostolado en parroquia con los pobres. Pero es siempre vigile y atenta para entender la voluntad de Dios. “¿Qué está ocurriendo dentro de mí? ¿Por qué me siento así extraña e insatisfecha de mi nueva vida? ¿Qué quieres de mí, Señor? ¿Cuándo sabré con seguridad dónde quieres que te sirva? “.
En septiembre de 1960, conoció a Teresa Ravegnini y, mediante ella, el Instituto Secular “Ancelle Mater Misericordiae” en Macerata. Leyó el Estatuto con atención. Además de una propuesta radical de amor por el Señor, mediante los votos de pobreza, castidad, obediencia, Carla fue sorprendida por el hecho de que a la Ancilla le pedían un apostolado de presencia y de testimonio para ser elevación en la realidad temporal, quedándose en el mundo. Carla entendió que aquella era su vía, que en aquel estatuto cabía toda su vida y todo lo que había intuido con fatiga. De pronto tomó parte en los ejercicios espirituales en la Casa de Macerata y en 1961 hizo instancia para ingresar en el Instituto.
“¿Quién diría que tenía que ser de esta manera? - escribirá en sus memorias-. Ahora hace cumplir mi sueño haciéndome consagrar en un Instituto que tiene a sus hijas en el mundo... Señor, gracias por haber sido tan bueno conmigo”.
En el pequeño mundo de Torre Pedrera Carla eligió vivir su vida de laica consagrada. Allí le parecía de cumplir completamente con su vocación de conjugar el amor de Dios con el amor del mundo, testimoniando que todas las realidades terrenales y las actividades humanas, aunque en su real autonomía, gracias a la acción del Espíritu, pueden ser consagradas y ser un instrumento de santificación. Carla no despreciaba el mundo, porque eligió vivir en el mundo: en la historia de su pueblo, de su iglesia, de su familia, de su instituto. Ama su pequeño mundo donde se hallan el pecado y la gracia, como en el campo evangélico del trigo y de la cizaña, y en esto trabaja para que siempre naciera el buen trigo. Su actitud hacia el mundo es una actitud contemplativa, que sabe entender el sentido de las cosas y de los acontecimientos y sabe verlos en un proyecto más amplio, en el cual todos los detalles hallan su sentido en Cristo. Por ese motivo es incitada a la acción, y sabe fundir en sí misma acción y contemplación.
Carla Ronci, la extrovertida joven de Romagna, dinámica, activa, cordial, siempre sonriente, con numerosos compromisos en su iglesia, caritativos, sociales era una contemplativa: su monasterio fueron las calles del mundo, en la gente, en los pobres.
En una carta suya leemos: “Hoy en día el Señor necesita testimonios que lo hagan ser presente, más que con las predicas, con su propia vida y su propio ejemplo. Hoy necesitamos que el apostolado sea un testimonio personal de doctrina vivida”.
“Es sólo para él que me comprometo para que mi vida sea un vivo testimonio, en cualquier lugar yo me halla y cualquier cosa yo haga”. Contemplativa en la acción: esta es la originalidad de la experiencia cristiana de Carla.
En septiembre de 1960, conoció a Teresa Ravegnini y, mediante ella, el Instituto Secular “Ancelle Mater Misericordiae” en Macerata. Leyó el Estatuto con atención. Además de una propuesta radical de amor por el Señor, mediante los votos de pobreza, castidad, obediencia, Carla fue sorprendida por el hecho de que a la Ancilla le pedían un apostolado de presencia y de testimonio para ser elevación en la realidad temporal, quedándose en el mundo. Carla entendió que aquella era su vía, que en aquel estatuto cabía toda su vida y todo lo que había intuido con fatiga. De pronto tomó parte en los ejercicios espirituales en la Casa de Macerata y en 1961 hizo instancia para ingresar en el Instituto.
“¿Quién diría que tenía que ser de esta manera? - escribirá en sus memorias-. Ahora hace cumplir mi sueño haciéndome consagrar en un Instituto que tiene a sus hijas en el mundo... Señor, gracias por haber sido tan bueno conmigo”.
En el pequeño mundo de Torre Pedrera Carla eligió vivir su vida de laica consagrada. Allí le parecía de cumplir completamente con su vocación de conjugar el amor de Dios con el amor del mundo, testimoniando que todas las realidades terrenales y las actividades humanas, aunque en su real autonomía, gracias a la acción del Espíritu, pueden ser consagradas y ser un instrumento de santificación. Carla no despreciaba el mundo, porque eligió vivir en el mundo: en la historia de su pueblo, de su iglesia, de su familia, de su instituto. Ama su pequeño mundo donde se hallan el pecado y la gracia, como en el campo evangélico del trigo y de la cizaña, y en esto trabaja para que siempre naciera el buen trigo. Su actitud hacia el mundo es una actitud contemplativa, que sabe entender el sentido de las cosas y de los acontecimientos y sabe verlos en un proyecto más amplio, en el cual todos los detalles hallan su sentido en Cristo. Por ese motivo es incitada a la acción, y sabe fundir en sí misma acción y contemplación.
Carla Ronci, la extrovertida joven de Romagna, dinámica, activa, cordial, siempre sonriente, con numerosos compromisos en su iglesia, caritativos, sociales era una contemplativa: su monasterio fueron las calles del mundo, en la gente, en los pobres.
En una carta suya leemos: “Hoy en día el Señor necesita testimonios que lo hagan ser presente, más que con las predicas, con su propia vida y su propio ejemplo. Hoy necesitamos que el apostolado sea un testimonio personal de doctrina vivida”.
“Es sólo para él que me comprometo para que mi vida sea un vivo testimonio, en cualquier lugar yo me halla y cualquier cosa yo haga”. Contemplativa en la acción: esta es la originalidad de la experiencia cristiana de Carla.
“Jesucristo vive en mí”
“En la eucaristía recibo a Jesucristo para hacerlo vivir en mí y para mí: Jesucristo, yo quiero vivir de ti; tu tienes que revelarte a los demás a través de mi pobre vida”.
Misa y eucaristía cotidiana constituían el momento más alto de su día, y siempre en primera posición en los propósitos de sus programas de vida. La intimidad con el Cristo eucarístico era para Carla contemplación de la presencia real de Jesucristo que “percibía” de manera extraordinaria.
Carla beneficia de la presencia de Cristo como un dono inestimable, pero, cuando siente que el mundo alrededor de ella vive en la injusticia, en la pobreza, en el pecado, la eucaristía se vuelve en la fuerza que soporta su trabajo de apostolado, de redención, de testimonio. Carla entendió que la eucaristía requiere un serio compromiso hacia la comunidad, porque es sobre todo comunión, y requiere un servicio radical y total a los hermanos, hasta donar la vida. La eucaristía vive en la luz del Espíritu Santo, soporte de su empeño en servir los hermanos. Parafraseando las palabras de Pablo a los Gálatas, ella dirá: “No soy yo a vivir, sino es Cristo que vive en mí”.
Misa y eucaristía cotidiana constituían el momento más alto de su día, y siempre en primera posición en los propósitos de sus programas de vida. La intimidad con el Cristo eucarístico era para Carla contemplación de la presencia real de Jesucristo que “percibía” de manera extraordinaria.
Carla beneficia de la presencia de Cristo como un dono inestimable, pero, cuando siente que el mundo alrededor de ella vive en la injusticia, en la pobreza, en el pecado, la eucaristía se vuelve en la fuerza que soporta su trabajo de apostolado, de redención, de testimonio. Carla entendió que la eucaristía requiere un serio compromiso hacia la comunidad, porque es sobre todo comunión, y requiere un servicio radical y total a los hermanos, hasta donar la vida. La eucaristía vive en la luz del Espíritu Santo, soporte de su empeño en servir los hermanos. Parafraseando las palabras de Pablo a los Gálatas, ella dirá: “No soy yo a vivir, sino es Cristo que vive en mí”.
La Cruz
Los primeros síntomas de la enfermedad aparecieron en el mes de agosto de 1969, con una fuerte cólica al hígado. No se alarmó excesivamente, pero cuando se manifestaron dolores a los hombros, fiebre y una tos insistente tuvo que ir a una visita más profundizada al Hospital antituberculoso. El doctor dijo que sin duda tenía un carcinoma al pulmón y aconsejó la hospitalización en una clínica de Bologna. ¿Cómo reaccionó Carla? gEl buen Dios me está poniendo a prueba con una enfermedad que creo decisiva para mi misión. Mi crucifijo está enfrente de mí, y, mirando a él, todo se vuelve fácil. Estoy lista a cualquier disposición. Yo sé bien que el sufrimiento non viene de él, pero si la felicidad, y tengo tanta felicidad, que nada más importah. g¿¡Ves?! Tengo la sensación que Cristo se despegue de la cruz para dejarme su lugar. Creo de verdad que me quiere crucificada, porque él sabe que para mí sufrir con él es una felicidadh.
La mañana del 21 de enero de 1970, con el coche, acompañada por su madre y su cuñado, va en Bologna, ya agotada por la enfermedad y al límite de su fuerzas físicas y morales.
En el hospital empezó para ella un largo calvario de análisis y exámenes clínicos, que acrecentaron su gran sufrimiento. Sin embargo, ella no quería manifestar a los demás su sufrimientos para no entristecerles; recibía las muchas visitas de amigos y familiares siempre sonriente. Escribirá a su padre espiritual: “El corazón en andrajos y la sonrisa en mis labios: ésta es nuestra misión en estos días...”. “Ánimo, padre, ya lo peor ha pasado; Cristo no puede pedirme nada más porque no tenenos nada más que dar... Mi lema es siempre lo mismo: por Cristo y por las almas: y ¡qué fuerza me llega de esta intención y de esta unión!... Aunque tengo mucho miedo... siento un grande deseo de dar, de ofrecer, de amar y siento que a pesar de todo la vida es maravillosah.
Cuando sus fuerzas lo permitían ella visitaba a los otros enfermos, para confortarlos y socorrerlos: cuando sus familiares y amigos le llevaban fruta o dulces, ella pedía que primero fuesen compartidos entre esos enfermos que nunca recibían visitas.
Hacia la mitad de marzo Carla empeoró visiblemente. El tumor al hígado había llegado a los pulmones. Nada quedaba que hacer. Los doctores aconsejaron llevarla a morir en su propia casa. La mañana del 1 de abril una ambulancia la llevó a la Clínica “Villa Maria” en Rimini, donde los familiares pensaban que recibiría una asistencia más adecuada. Considerando la gravedad de la situación, la mañana siguiente llamaron al cura de la Clínica; a su lado la amiga Teresa, el cuñado Benito, un padre pasionista y el cura don Succi. A las 16.00 le administraron la extremaunción, que recibió con mucha devoción, atendiendo al rito con lucidez mental, y contestando a las oraciones. Tras haber dicho pocas palabras con sus vecinos, ella sonrió, y con un hilo de voz dijo: “Ya llega el esposo”, y expiró sin estertores, sin lamentos, bajando la cerviz sobre las manos unidas en oración. El doctor y la enfermera, los que la habían asistida, se echaron a llorar y dijeron “Ha muerto una santa”. Eran las 17.50 del 2 de abril de 1970.
La mañana del 21 de enero de 1970, con el coche, acompañada por su madre y su cuñado, va en Bologna, ya agotada por la enfermedad y al límite de su fuerzas físicas y morales.
En el hospital empezó para ella un largo calvario de análisis y exámenes clínicos, que acrecentaron su gran sufrimiento. Sin embargo, ella no quería manifestar a los demás su sufrimientos para no entristecerles; recibía las muchas visitas de amigos y familiares siempre sonriente. Escribirá a su padre espiritual: “El corazón en andrajos y la sonrisa en mis labios: ésta es nuestra misión en estos días...”. “Ánimo, padre, ya lo peor ha pasado; Cristo no puede pedirme nada más porque no tenenos nada más que dar... Mi lema es siempre lo mismo: por Cristo y por las almas: y ¡qué fuerza me llega de esta intención y de esta unión!... Aunque tengo mucho miedo... siento un grande deseo de dar, de ofrecer, de amar y siento que a pesar de todo la vida es maravillosah.
Cuando sus fuerzas lo permitían ella visitaba a los otros enfermos, para confortarlos y socorrerlos: cuando sus familiares y amigos le llevaban fruta o dulces, ella pedía que primero fuesen compartidos entre esos enfermos que nunca recibían visitas.
Hacia la mitad de marzo Carla empeoró visiblemente. El tumor al hígado había llegado a los pulmones. Nada quedaba que hacer. Los doctores aconsejaron llevarla a morir en su propia casa. La mañana del 1 de abril una ambulancia la llevó a la Clínica “Villa Maria” en Rimini, donde los familiares pensaban que recibiría una asistencia más adecuada. Considerando la gravedad de la situación, la mañana siguiente llamaron al cura de la Clínica; a su lado la amiga Teresa, el cuñado Benito, un padre pasionista y el cura don Succi. A las 16.00 le administraron la extremaunción, que recibió con mucha devoción, atendiendo al rito con lucidez mental, y contestando a las oraciones. Tras haber dicho pocas palabras con sus vecinos, ella sonrió, y con un hilo de voz dijo: “Ya llega el esposo”, y expiró sin estertores, sin lamentos, bajando la cerviz sobre las manos unidas en oración. El doctor y la enfermera, los que la habían asistida, se echaron a llorar y dijeron “Ha muerto una santa”. Eran las 17.50 del 2 de abril de 1970.
Hoy Carla reposa en su iglesia en Torre Pedrera, en una magnifica urna de mármol, que es la destinación de una peregrinación continua. El Santo Padre, tras haber reconocido el carácter heroico de sus virtudes, la proclamó venerable el 7 de julio de 1997.