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«Ha pasado Jesús que tenía hambre»

La familia Marvelli se establece definitivamente en Rímini en junio de 1930 tras haber peregrinado por varias ciudades a causa del trabajo del padre de familia, Alfredo, director de banco. Viven en una casa junto al mar, construida algunos años antes, en un periodo de particular bienestar económico. La casa es lejana del centro de la ciudad: playa desierta, mar limpio; el ideal para una familia con muchos hijos. Alfredo Marvelli y María Mayr se casaron el 23 de enero de 1916 en su ciudad de origen, Ferrara.

En Ferrara nace Alberto el 21 de marzo de 1918. Adolfo, Carlo, Rafaello nacen en Rovigo; Giorgio y Gede nacen en Rímini. Otro hijo, Giorgino, murió con solo tres años de edad atropellado por un coche. Alfredo, el padre de familia y María, la madre, son dos padres ejemplares no sólo por la ferviente práctica religiosa, sino también por el compromiso político, eclesial y caritativo.

Un cristianismo vivido en todas sus dimensiones, con fuerza y firmeza, incluso ante las persecuciones del fascismo que relegaron a Alfredo, el padre, al margen de la sociedad porque no quiso inscribirse en el partido fascista.

Su padre, Alfredo, es dirigente de los hombres de Acción Católica y presidente de la Conferencia de San Vicente de Paúl de su parroquia. Su madre María es catequista, trabaja con las Señoras de la Caridad y colabora con la Asociación “Protección de la joven”. Pero, sobretodo, la casa de los Marvelli es un centro de caridad. A poca distancia de la casa hay un pueblo de pobres pescadores, hortelanos, albañiles y jornaleros. Todos llaman a la puerta de los Marvelli y ninguno se vuelve a casa con las manos vacías. Ocurría a veces que, en la mesa, para sus hijos, tras volver de la escuela, había sólo un primer plato. «Ha pasado Jesús», decía su madre. «Tenía hambre y le he dado aquello que tenía». Los niños comprendían que habían pasado muchos pobres. Alfredo y María gastaban en obras de caridad gran parte de sus ingresos. Alberto y sus hermanos fueron educados en este clima sereno y cristiano, enriquecido por el amor de intercambio, por la oración, por la caridad.

De improviso, el 7 de marzo de 1933 Alfredo, el padre, cae gravemente enfermo y sólo tres días después muere por una meningitis. Su madre queda sola para guiar la numerosa familia. Las inevitables estrecheces económicas no reducen el ardor de su caridad.

«Escuchemos lo que piensa Alberto»

En la parroquia de María Auxiliadora, regentada por los salesianos, — es la parroquia a la que pertenecía la familia Marvelli—, hay un floreciente oratorio frecuentado por casi todos los jóvenes de la zona. Alberto es inscribe pronto en la Juventud Católica Italiana del círculo “Don Bosco” y comienza a frecuentar el oratorio salesiano donde se vive una atmósfera de gran fervor religioso y de una vida serena y alegre, rica de múltiples actividades: desde el deporte al juego, desde las excursiones al teatro. A la acción formadora de la familia se añade ahora la del oratorio. La matriz de formación humana, apostólica, y espiritual de Alberto es salesiana.

Alberto tiene tan solo 15 años, pero los salesianos entienden de qué madera está hecho: se hace delegado de los aspirantes y generoso animador del oratorio. Trabaja con el máximo empeño en medio a los jóvenes, animándoles en una justa visión del juego y la diversión. Reza con recogimiento, manifiesta tesón, caridad, serenidad, pureza. Es inteligente, dotado de una buena memoria, pacífico aún siendo vivaz, fuerte de carácter, generoso, animado por un profundo sentido de la responsabilidad y justicia; gracias a sus cualidades humanas tiene una fuerte autoridad sobre los compañeros; es estimado por todos por sus virtudes. Todavía no ha nacido con alas y aureola; la conquista de sí mismo será gradual y difícil.

Ya todas las actividades del oratorio las ha realizado. Consigue una gran confianza, tanto que el asistente del oratorio antes de tomar cualquier decisión dirá: «Escuchemos lo que piensa Alberto».

«Mejor morir que pecar»

Tras la muerte de su padre, en 1933, Alberto comienza a escribir un diario en el cual anota sus sentimientos, propósitos, aspiraciones. Es la historia de su camino espiritual, de su vida interior, de su experiencia de Dios, de su oración. En el diario no hay notas acerca de sus múltiples actividades: toda la atención está en el Señor. Son páginas de coloquio íntimo, de adoración intensa. Desde este momento, Alberto comienza un camino espiritual personal que tendrá como puntos la lucha contra el pecado, la consagración al Corazón Inmaculado de María; un serio y detallado programa de vida espiritual que comprende la oración, la visita al Santísimo Sacramento, la comunión, el rosario diario, la meditación, el examen de conciencia, la lucha contra los defectos más graves haciendo recurso incluso a la alguna penitencia física, la confesión frecuente.

Escribe en su diario: «No se puede vivir una vida a medias, no se pueden conciliar Jesús y el diablo, la gracia y el pecado. Y yo quiero ser todo de Jesús, todo suyo. Si hasta ahora he venido siendo un poco incierto, ahora debo abandonar cualquier tipo de incertidumbre. El camino está tomado: sufrir todo, pero no pecar más. Jesús, mejor morir que pecar. Ayúdame a mantener esta promesa».

Alberto decide encaminarse en la vía de la perfección a través de la donación a Jesucristo total, pronta, alegre que nace de un corazón limpio y rico de gracia, de una voluntad fuerte y decidida.

«La vida es acción, movimiento»

En 1935, cuando Alberto cuenta tan sólo con 17 años, su hermano mayor Adolfo deja la familia para entrar en la academia militar en Turín. Alberto queda como cabeza de familia, con su madre, que tiene la máxima confianza en él. Siente fuertemente esta responsabilidad, incluso ante sus hermanos menores. Por esto, escribe en su diario: «Deberé ser más bueno, más paciente, más puro».

En el bachillerato estudia con método y disciplina; toma el estudio con seriedad y responsabilidad. Se encuentra siempre entre los mejores de la clase. Tiene una tendencia destacada hacia las ciencias exactas en las que saca mejores notas, pero también hacia la poesía y literatura. En la clase, compuesta por doce alumnos, destaca por sus cualidades morales, la disponibilidad para ayudar a los compañeros y la lealtad hacia los profesores. Si alguna vez un profesor pronuncia cualquier inexactitud sobre el pensamiento cristiano en medio de la clase, con bondad valiente exhorta al profesor a precisar la expresión. Esta lealtad y libertad de espíritu es muy apreciada y le vale la estima de los profesores.

Una vez, cuando toda la clase tuvo un castigo colectivo, convenció a los verdaderos culpables a presentarse al delegado a pedir perdón, porque no era justo que fueran castigados todos por su causa. Frecuenta el mismo instituto Federico Fellini, el futuro director de cine, que conservará de él un recuerdo grato y una gran estima.

Alberto amaba el deporte. Todos los deportes: el tenis, el balonmano, el atletismo, el ciclismo, el fútbol, la natación, la vela. Tenía un físico fuerte, robusto, sano, pero consideraba el deporte como un medio para afinar ciertas cualidades de carácter, para combatir la pereza, para fortalecer la personalidad. El deporte más practicado era el ciclismo. En bicicleta iba hasta Bolonia, Arezzo, Florencia. Pedaleaba kilómetros y kilómetros, movido por la amistad, por el apostolado, por la necesidad. Era capaz de recorrer más de cien kilómetros en un solo día.

Escribe en su diario: «La vida es acción, es movimiento, y también mi vida debe ser acción, movimiento continuo sin descanso: movimiento y acción que tiendan al único fin del hombre: salvarse y salvar».

Pero el deporte más amado eran las excursiones a la montaña. «Si yo no amara a Dios, creo que llegaría a amarlo estando en la montaña. ¡Qué paz, qué serenidad, qué belleza! Todo habla de Dios. Es imposible no reconocer la obra del Creador».

La contemplación de la montaña lo elevaba a la meditación del Absoluto y abría su corazón al deseo de bondad y de pureza. Alberto deseó la pureza como medio de comunión con Dios, por una necesidad de coherencia consigo mismo, y de radicalismo evangélico. La pureza no es sólo dominio de las propias pasiones, sino un nuevo modo de vivir, de sentir: es desprendimiento, humildad, deseo del cielo, contemplación.

«¡Qué bello es ser puro! ¡Cuánta sencillez en el corazón, cómo se admiran las obras de Dios!… Pero, sobre todo, un corazón puro gusta la alegría del alma, de la unión íntima y continua de Dios, de la contemplación de su semblanza bajo las especies eucarísticas!».

«Siento un amor cada vez mayor por nuestra Acción Católica»

Alberto Marvelli se adhirió a la Acción Católica en 1930, entrando a formar parte del grupo de «jóvenes católicos» y permaneció en él hasta la muerte. Una larga militancia, entusiasta, activa, responsable, que lo vio en varios cargos: delegado de aspirantes y presidente del círculo de su parroquia, secretario diocesano y regional de estudiantes, y vicepresidente diocesano. En el momento de su muerte, era también presidente diocesano de los Licenciados Católicos.

Alberto amaba la Acción Católica: la vivía intensamente, la difundía con entusiasmo. Había entendido la importancia, para un joven, de pertenecer a una asociación comunitaria: vivir juntos la experiencia de Dios y de apostolado era la certeza de no perderse. Tras acabar el bachillerato, escribe en su diario: «Esperemos que sea el principio de una nueva y más intensa actividad en la Acción Católica». Y seguía: «¡Cuánto debemos nosotros jóvenes a esta juventud católica, a nuestras asociaciones, a nuestros papas! Todo nuestro patrimonio espiritual, nuestra verdadera vida».

Alberto trabajaba mucho para la Acción Católica: siempre visitaba las asociaciones parroquiales, siempre presente en los retiros de zona y diocesanos, en los convenios diocesanos, regionales y nacionales. En agosto de 1938 participó, en Mondragón, en la semana nacional de dirigentes y volvió lleno de entusiasmo. En todas las ciudades en las que se encontraba (Bolonia, Milán, Turín, Treviso), siempre entra en la Acción Católica y participa en sus diversas actividades. Sus compañeros recuerdan que iba orgulloso de llevar en el ojal de la chaqueta el distintivo de la Acción Católica, en años en los que el régimen fascista era particularmente combativo. Una vez reprochó severamente a un amigo que se había quitado el distintivo por temor de su profesor fascista. Es en la Acción Católica donde Alberto realiza la maduración de su camino espiritual, su voluntad de ser santo. «Mi programa», escribe en el diario, «se compendia en una palabra: santo. A esta palabra, que dice ya todo, quiero añadir la del apostolado pues, por ser joven de la Acción Católica, es mi obligación imperiosa hacer apostolado siempre y por todos lados».

«Nosotros jóvenes de Acción Católica tenemos una doble responsabilidad ante Dios y ante el mundo, porque pertenecemos a la Iglesia por un doble vínculo: por el bautismo y por la Acción Católica, que es la misma Iglesia». La Acción Católica fue el ámbito principal en el que Alberto educó su juventud para la generosidad, para el trabajo, para la santidad.

«Avidez de la Eucaristía»

Terminado el bachillerato en 1936, con unas notas estupendas, Alberto se inscribe en la Universidad de Bolonia en la Facultad de Ingeniería Mecánica. El periodo universitario marca un momento crucial y una apertura nueva en su formación espiritual, cultural y política. En este período llega a una madurez espiritual y desarrolla una riqueza de dones que lo llevarán hasta las cumbres de la contemplación, además de una intensa vida de acción.

Escribe en 1937: «Desde este mes, oh Señor, otra vida, la verdadera vida comienza y deseo a toda costa seguirla. Aspiración a la pureza, deseo de apostolado, avidez de Eucaristía, necesidad de vida interior, de recogimiento, de estudio, de santos y nobles propósitos, de constancia en el bien, de espontaneidad en mis funciones».

Para Alberto, la Eucaristía sentida como presencia viva de Dios en la historia del mundo, es la fuente de la cual sacar la fuerza y la energía para el incansable empeño hacia los demás. Había comenzado a los 15 años a recibir la Eucaristía a diario. Tenía plena conciencia de la grandeza del misterio eucarístico. Tras haber recibido la Eucaristía se detenía largamente en la Iglesia de rodillas, recogido, inmóvil. Alberto era un enamorado de la Eucaristía. «Cada vez que recibo la comunión, cada vez que Jesús en su divinidad y humanidad entra en mí, en contacto con mi alma, se encienden en mí santos propósitos. Es como un fuego que arde que entra en mi corazón, una llama que quema y consume, pero que me hace muy feliz. Entonces me abandono del todo a un coloquio íntimo con Jesús: mi humanidad desaparece, podría decir, allí tan cerca de él».

Alberto goza de la presencia de Cristo, pero cuando advierte que el mundo en torno a él está bajo el signo de la injusticia, de la pobreza, entonces la Eucaristía se convierte en fuerza para emprender un trabajo de redención, de liberación, capaz de humanizar la faz de la tierra.

Para recibir la Eucaristía, Alberto hace todo tipo de sacrificios: muchas veces va a la iglesia de S. Bartolomé en Bolonia, tras las clases, a las doce y media, para recibir la santa comunión. Hace ayuno desde medianoche y afronta el viaje en tren desde Rímini. En la Universidad decide inscribirse en la FUCI y se hace amigo de muchos buenos jóvenes, decididos como él. En la FUCI encuentra una religiosidad muy abierta: hay gran espacio para la meditación de la Sagrada Escritura y al rezo de la liturgia de las horas. Además, también en aquel periodo no estaba permitido ningún debate político, a través de lecturas, encuentros, y estudios culturales, la FUCI iba educando en valores más importantes que la política: la democracia, la libertad, la solidaridad, que proporcionaban las armas espirituales y culturales de la resistencia al fascismo. Alberto vivió este periodo cultural y espiritual con una intensa participación y sufrió un influjo grande de él. Cuando en 1938 Italia promulgó las leyes contra los hebreos, Alberto, participando en un debate en la Universidad, tomó posición valiente en contra de tales leyes poniéndose en abierto contraste con las directivas del régimen fascista. En el periodo universitario tuvo que conciliar estudio y trabajo: en el verano, por algunos meses, trabajaba en varias azucareras para conseguir dinero para el estudio. Fue capaz, al mismo tiempo, de licenciarse en los cinco años prescritos y con buena nota.

EN EL TORBELLINO DE LA GUERRA

«Que desaparezca para siempre la guerra en el mundo»

Ocho días después de licenciarse, Alberto está en Trieste para realizar el servicio militar en el V Centro Automovilístico, en calidad de alumno oficial. Italia está en guerra desde el 10 de junio de 1940, una guerra que Alberto condena abiertamente definiéndola como «un momento catastrófico de la vida social». Escribe en su diario: «Todos los hombres hablan de paz, pero pocos son los que, como el Papa, trabajan por ella, para mantenerla, para hacer que vuelva. ¡Cuántas vidas se sacrifican, cuántos jóvenes derraman su sangre, cuántos dolores se renuevan! Jesús, protege Italia, presérvala de la destrucción total: ¡que desaparezca para siempre la guerra del mundo!». Dentro del cuartel encuentra un ambiente difícil. A las blasfemias, vulgaridades, inmoralidades, se añade la rabia por el largo servicio militar y la incertidumbre acerca del futuro. Alberto se pone inmediatamente a trabajar. Congrega de entre los reclutas y graduados a los miembros de la Acción Católica y a todos cuantos estuvieran dispuestos a dar testimonio de la fe con valentía, organizando encuentros formativos y participando en la misa. Se acerca a todos con una sincera amistad hecha de generosidad y altruismo. Estar cerca, servir, dar testimonio: éste era su estilo. Cuando llegaban los nuevos reclutas, era capaz de pasar toda la noche en vela con tal de evitar que los veteranos del cuartel les hicieran las típicas novatadas. Un día, un compañero cayó enfermo con fiebre de malaria y fue ingresado en el hospital. Durante todo el tiempo de su enfermedad, Alberto dedicó sus ratos libres para asistirlo. El 2 de diciembre de 1941 fue licenciado pues ya tenía otros dos hermanos en el ejército.

«La vida es un camino, un andar continuo»

Vuelto a Rímini, tras pocos días, debe volver a Turín porque su hermano Adolfo la ha encontrado un trabajo en la FIAT. Escribe en su diario: «Estoy en Turín para trabajar en la FIAT. Por cuanto tiempo sólo lo sabe el Señor. La vida es un camino, un andar continuo. ¿Cuándo me detendré?». Alberto trabaja en el taller de proyectos. Se ocupa de la mítica Topolino, el Fiat 500, siempre en fase de ideación. Después pasa al taller técnico de vehículos ferroviarios. Trabaja con tesón y seriedad. Los jefes de la FIAT lo aprecian y lo estiman como «un buen técnico, que muestra interés en el trabajo, a pesar de las circunstancias penosas en que se encontraba a causa de la guerra». Como era habitual para él, toma contacto rápidamente con la Acción Católica y conoce a Luigi Gedda y Carlo Carretto. Participa en las actividades de San Vicente y va a visitar a los pobres en los barrios bajos de la ciudad. La vida de la fábrica no retarda su dinamismo apostólico: visita diversos grupos de Acción Católica, se acerca a los rimineses que se encontraban en Turín para ayudarlos y ofrecerles su amistad. Pero el trabajo en la FIAT no es entusiasmante: para Alberto, acostumbrado a una vida dinámica, quedarse detrás de una mesa es una verdadera penitencia. Es entonces cuando decide despedirse. En octubre de 1942 está de nuevo en Rímini.

«Gracias, Señor, por los sufrimientos que me has concedido»

La temporada que pasó en Rímini es de apenas seis meses en los cuales se dedica a la actividad profesional y a la enseñanza de materias técnicas en la escuela industrial «L. Battista Alberti». En marzo de 1943 es llamado a las armas, como sargento, en el cuartel de Doson, cerca de Treviso. También en esta ocasión, el ambiente es difícil y el nivel moral de los soldados es muy bajo. Alberto no pierde la esperanza y, como ya había hecho en Trieste, inicia un intenso apostolado que llevará a erradicar la blasfemia y la inmoralidad, a despertar en muchos el sentido de la fe.

En Doson le llega la noticia de la muerte de su hermano Lello, caído heroicamente en el frente ruso. Lello, entre los hermanos, era el más querido por Alberto, por su buen carácter y la sintonía que tenía con sus ideas. Fue inmenso el dolor de Alberto. La muerte de Lello fue para él la ocasión de una profunda reflexión sobre el dolor humano, sobre la fe, sobre la voluntad de Dios. Le tocó a Alberto comunicar la noticia a su hermano Carlo, prisionero en Egipto: «…pensando que cada sufrimiento, cada dolor tiene su lugar en la economía divina, levantemos nuestro pensamiento a Dios, y desde lo profundo del corazón. Gracias, Señor, por la vida que me has dado, por los sufrimientos que me has enviado, por los sacrificios que me has pedido. Haz que no pasen en vano en mi vida, sino que me dejen una saludable y profunda firmeza y consoliden el propósito de cumplir toda acción para tu gloria».

«Jesus, protege Italia»

El año 1943 fue decisivo para Italia y para el mundo entero: la caída del fascismo el 25 de julio, la desmembración del ejército el 8 de septiembre, y la consiguiente ocupación alemana del suelo italiano. Alberto sigue con atención y sufrimiento todos estos acontecimientos. Escribe a su amiga Maria Elena: «Cada día que pasa se suceden las desgracias, los dolores y los sufrimientos con un aumento que da miedo». Tras el 8 de septiembre, Alberto tuvo que decidir: o caer prisionero de los alemanes y continuar, en sus filas, en la guerra contra los italianos, o escapar y pasar a la parte de la resistencia. Se decidió por una «resistencia diversa»: volver a casa y trabajar para aliviar las miserias y los dolores causados por la guerra. Alberto no quiso ser partidario de una determinada elección de no violencia, para afirmar de otro modo, a través de la caridad activa, el respeto del hombre y la solidaridad con todos los perseguidos. Por eso, decidió volver a Rímini. Para impedir la deportación a Alemania, se habían iniciado ya los mortales reclutamientos de hombres para la producción bélica alemana. Alberto pensó trabajar en la TODT, una organización paramilitar controlada por los alemanes, que tenía la tarea de reforzar la llamada «línea gótica» que habría impedido el avance de las tropas aliadas hacia el norte. La intención de Alberto era la de impedir la deportación de tantos jóvenes, de salvar muchas vidas. Gracias a un salvoconducto de los alemanes, tenía mucha libertad de acción. Cuando se enteraba de redadas, ayudaba a huir a muchos jóvenes. A otros les procuraba documentos y salvoconductos. Fueron numerosos los amigos que ayudó sirviéndose de su posición. Pero una actividad así de intensa no podía no provocar la sospecha: los alemanes supieron cuál era su trabajo y, arrestado junto a otros dieciséis jóvenes, fue encerrado en la cordelería de Viserba, para ser enviado a Alemania. Con una hábil estratagema, consiguió huir. Una vez libre, pensó liberar a todos los demás que habían sido llevados a la estación del Santo Arcángel, en vagones precintados, para ser enviados a Alemania. Mientras discutía con los soldados alemanes presentándoles documentos falsos, una providencial alarma aérea, seguida de ametrallamientos, favoreció el caos. Alberto aprovechó la situación para abrir los vagones y hacer huir a todos. Volvió a casa después de tres días, con los vestidos rotos, sucio de fango, con los pies ensangrentados: los zapatos se los había dado a alguno que debía ir aún más lejos.

«Mamá, tú sabes que vuelvo siempre»

El primero de noviembre de 1943 cayó sobre Rímini el primer bombardeo. Fue el comienzo de un martirio que durará hasta el 21 de septiembre de 1944, con 396 incursiones aéreas y 15 navales. Rímini fue destruida en un 82%. La gente fue evacuada de la ciudad. Muchos se quedaban en la periferia, otros huían más lejos. Alberto lleva a su familia a Vergiano, a cinco kilómetros de Rímini. Pero su caridad no se quedó en su familia. Su corazón late para todos, en cada evacuado ve un hermano. Desde Vergiano, tras cada bombardeo, era el primero en acudir: se prodigaba en ayudar a los heridos, dar ánimo a los supervivientes, asistir a los moribundos, sacar de los escombros a los que habían quedado atrapados o sepultados vivos.

Pero se necesitaba hacer todavía más. Alberto comenzó a visitar campesinos y comerciantes. Compraba todo tipo de víveres y luego, con su bicicleta cargada de capachos, iba donde sabía que había hambre, enfermedad, necesidad. Era muy peligroso ir de aquí para allá por las calles, por los continuos bombardeos y por las explosiones de granadas. Al que le hacía caer en la cuenta de los graves peligros a los que se exponía, le contestaba: «Cuando se necesita, es necesario arriesgarse». Por la tarde, Alberto volvía a casa cansado, sucio, a veces manchado de sangre. A su madre que lo atendía preocupada le decía sonriendo: «¿De qué tienes miedo, mamá? ¿No me has enseñado que cuando se está en gracia de Dios no se debe tener miedo de nada? Tú sabes que yo vuelvo siempre». En realidad, pasó grandes peligros: muchas veces volvió a casa con la mochila agujereada por efecto de las esquirlas de las granadas.

Daba todo, porque las necesidades y la pobreza que estaba junto a él no le permitían ningún apego a las cosas. Dio sus zapatos, su ropa, su manta de lana, redes, colchones, ollas y sartenes. Su madre dio testimonio de que todo su empeño de caridad no lo distraía de su empeño por la vida espiritual. No se acostaba sin haber rezado el rosario, de rodillas delante de la cama, y cada día recibía la primera comunión.

En el verano de 1944, el frente aliado avanza. Está a tan solo treinta kilómetros de Rímini. Los evacuados en las colinas en torno a Rímini, no se sienten ya seguros. Todos buscan refugio en la república cercana de San Marino, confiando en su rigurosa neutralidad que, más tarde, no será respetada. También Alberto lleva a su familia a San Marino. Tras haberla acomodado, hace de nuevo más veces el trayecto Rímini-San Marino para poner a salvo a otras familias. La pequeña república, que normalmente contaba con 14000 habitantes, tenía ahora 120000, apiñados en los almacenes, bajo las escaleras y en los túneles del tren. ¿Cómo proveer el avituallamiento para todos? Alberto se pone a disposición del comisario del gobierno y organiza una vasta obra de asistencia.

Llega, bajo las bombas y las granadas, a las ciudades cercanas del norte para conseguir harina, leche, mermelada y conservas varias. Asiste, en particular, a los evacuados en los túneles, distribuyendo pan, medicinas y colchones. Después, caída la tarde, se pasea recitando el rosario en voz alta: todos rezaban con él.

El 27 de septiembre, los aliados ocuparon Rímini venciendo las últimas resistencias alemanas. Los evacuados salen de sus escondites y toman el camino de vuelta a sus casas destruídas.

VIVIR EN LA HISTORIA

«Servir es mejor que ser servido. Jesús sirve»

En el momento de la liberación, Rímini no es sólo un cúmulo de ruinas, sino una ciudad a la deriva. Cuando se establece la primera junta del comité de liberación, Alberto Marvelli está entre los asesores. No pertenece a ningún partido, no ha sido partisano, pero todos han reconocido su enorme trabajo de asistencia entre los evacuados.

Es el más joven: tiene tan solo 26 años. La precisión en el afrontar los problemas, el coraje en las situaciones difíciles, la disponibilidad sin límites, lo han hecho popular. Le confían las tareas más difíciles y trabajosas: el oficio de alojamientos y reconstrucción, la sección local del Genio Civil. El prefecto lo nombra comisario para la disposición del río Marecchia y el presidente de la sección local Montecatini. Funda la cooperativa edil riminese, para dar trabajo a muchos desempleados. Retoma también la enseñanza en el Instituto Técnico y una intensa actividad caritativa hacia todos los pobres y desheredados.

«Servir es mejor que ser servido. Jesús sirve», escribe en su diario. Es con este espíritu que afronta sus importantes tareas cívicas. Alberto se convierte en un apasionado reconstructor de la ciudad que no escatima energías, pues advierte y sufre la necesidad, las urgencias, la desesperación de la gente que no tiene casa. Empeñado en la difícil tarea de la reconstrucción de la ciudad terrena, fue reprochado por alguno que le echaba en cara el no dedicar más tiempo a las actividades eclesiales. Alberto responde con sencillez: «También esto es apostolado», reafirmando así su vocación de laico comprometido en el mundo.

Alberto estaba convencido de que se podía llegar a la santidad precisamente en las tareas del mundo, en el trabajo, en la profesión, en la familia, en el estudio, en cualquier situación, siempre que se trabaje para que la convivencia social se inspire en el evangelio y al servicio del hombre.

A pesar de su inmensa cantidad de trabajo, no corre el riesgo de ver empobrecida su vida interior. Alberto aspira a una «espiritualización de la acción» y sostiene su actividad con la oración y la Eucaristía. Su acción nace de su rico mundo interior y se traduce en «acción orante». No hay fragmentación, sino unidad profunda entre su oración y su acción.

«La caridad política»

Cuando en Rímini renacen los partidos, ante la invitación de Benigno Zaccagnini, se inscribe en la Democracia Cristiana. Sintió y vivió su trabajo en la política como un servicio a la colectividad organizada: la actividad política podía y debía convertirse en la expresión más alta de la fe vivida. Alberto recordaba bien las palabras de Pío XI: «El campo político es el campo de una caridad más vasta, la caridad política». Ahora se abre para Alberto un nuevo campo de trabajo al que había que darle su propio tiempo y sus propias energías. Tenía las ideas claras. Escribe en su diario: «El Evangelio y las encíclicas pontificias deben ser la norma de vida no sólo de las personas singulares, sino de los pueblos, de las naciones, de los gobiernos del mundo». «Para apuntalar la libertad no se necesitan los cañones, sino la gracia de Dios y la pureza y santidad de conciencia». Alberto, ante las dificultades de la situación política (el desencuentro entre los dos partidos de masas, el DC y el PCI), sabía encontrar el comportamiento justo: apasionado defensor de los principios inspiradores de su partido, se mantenía lejos de toda parcialidad. Conseguía llevar siempre a término los mítines electorales, incluso en las zonas más «rojas» de la periferia. También en el interior de su partido, ante los inevitables diferencias, era un elemento insustituible de equilibrio. Tras las elecciones administrativas de 1946 escribe: «No hemos hecho nada por las elecciones, debemos trabajar en profundidad. Es necesario trabajar en gracia de Dios».

«Trabajar en gracia de Dios». Era este el espíritu con el que hacía política. No eran los intereses partidistas ni las falsas ambiciones ni la búsqueda de provecho personal. Era sólo la conciencia de que era necesario construir el futuro del pueblo italiano. Y esto sólo era posible en y con la gracia de Dios.

«Sois vosotros los que verdaderamente nos dais»

En 1945, el obispo lo invita a dirigir a los Licenciados Católicos. Su trabajo se podría sintetizar en dos palabras: cultura y caridad. Comienza, implicando a toda la ciudad, un serio trabajo cultural orientado a tomar conciencia del significado humano de la libertad y de la democracia. El denominador común es la visión cristiana de los hechos culturales y la inspiración cristiana de la vida.

Abre un comedor para los pobres, para los todos los marginados, mendigos, transeúntes, sin techo. Los invita al comedor, reza con ellos, les sirve a la hora de comer la menestra y escucha sus necesidades. En Pascua organiza un almuerzo para ellos y al final les dirige estas palabras: «No somos nosotros los que os damos. Los que verdaderamente nos dais sois vosotros que con vuestros sufrimientos y los problemas de la vida nos enseñáis como se sufre y nos permitís manifestaros nuestro amor».

Alberto, en los últimos, servía al Señor. Estaban con él especialmente en los momentos de oración, de su diálogo con Dios al cual se dirigía llevando en el corazón a los pobres, sus hermanos más queridos.

«Desearía sufrir yo por todos ellos»

En 1942, Luigi Gedda, presidente nacional de la Acción Católica, había dado vida a la «Sociedad obrera», como movimiento de espiritualidad. El punto central de esta espiritualidad está en las palabras pronunciadas por Jesús en Getsemaní: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Pedía a todos los miembros cumplir en toda circunstancia, la voluntad de Dios y hacer de ella una búsqueda amorosa para dirigir los propios pensamientos y la propia vida.

Alberto se sintió en sintonía con esta «espiritualidad de Getsemaní» y entró a formar parte de la «Sociedad obrera» el 2 de enero de 1946. Recitaba cada día el «símbolo obrero», el oficio de la Virgen. El descubrimiento de Getsemaní, en su último año de vida, fue el perfeccionamiento de su espiritualidad, que siempre había contemplado el misterio del sufrimiento de Cristo y de todo hombre.

Hay frases en su diario que denotan un amor inmenso por la Cruz de Cristo. «Visítame también con la cruz, Jesús, que seré feliz de poder ayudarte a llevarla». «Jesús, yo tiendo hacia Ti, quiero vivir para Ti, como Tú». «Hazme sufrir cualquier cosa, incluso la muerte, antes de que los demás sufran… Desearía sufrir yo por todos ellos». «La meditación de Getsemaní prepara el corazón a soportar el dolor y lo transforma también en fuente de gozo espiritual».

En el verano de 1946, tras una larga reflexión, decide su vocación que en los años precedentes había oscilado entre una consagración religiosa y el sacerdocio. Ahora está decidido: formará una familia y le pedirá ser su compañera a Marilena Aldé de Lecco, que había conocido en Rímini durante las vacaciones de verano, en los años de estudio, y con la cual había creado un estrecha relación de amistad espiritual. Alberto decide declarar de palabra a Marilena su intención y le escribe una larga carta el 27 de agosto: «…desde el lunes siento que mi corazón late por ti, tras haberte visto siempre preciosa y con los ojos un tanto melancólicos, pero tan buenos. ¿Podría ser esta la llamada que está despertando el amor». La carta no tuvo respuesta. También para este dolor Alberto estaba preparado: «Amo demasiado al Señor para revelarme o llorar por su voluntad… a esta voluntad debemos sacrificar la satisfacción de nuestros deseos e ideales terrenos».

«Su última jornada en la tierra»

Sábado 5 de octubre de 1946, vísperas de las elecciones administrativas. Son las 20:30. Alberto sale de casa en bicicleta para ir al mitin electoral. Ha tenido ya uno antes de cenar y después ha ido a la iglesia de sal Santa Cruz para la adoración eucarística. Alberto recorre la calle Regina Elena y, a doscientos metros de su casa, un camión militar, tras haber pasado el trolebús, gira a su derecha y choca violentamente con la bicicleta arrojando a Alberto contra el muro del jardín de un chalet: después, rápidamente, desaparece en la oscuridad. Alberto es llevado al hospital, poco distante del lugar del accidente. No recupera la conciencia y tras dos horas de agonía muere, con su madre y sus dos hermanos pequeños junto a él, llenos de dolor. Fue preparada rápidamente la capilla ardiente: Alberto vestido de blanco, con el aspecto de quien duerme, era serenísimo. Toda la noche fue velado por sus amigos y por todos aquellos que lo habían conocido. Lloraban y rezaban. El funeral fue triunfal. El féretro fue llevado por sus amigos, desde la iglesia al cementerio, con un cortejo de cerca de tres kilómetros de largo. Estaba toda Rímini: desde el viejo alcalde socialista, a los políticos, administrativos, amigos, pobres. Al paso del féretro se bajaban las rejas de las tiendas, las campanas de la iglesia sonaban, la gente a ambos lados de la calle se ponían de rodillas y muchos lloraban. Fue sepultado en el cementerio de Rímini, con una lápida simple en la que estaba escrito: Alberto Marvelli, obrero de Cristo.

«Si el grano no muere, no produce fruto»

«Su fama de santidad», afirma Benigno Zaccagnini, «estaba ya difundida entre cuantos lo conocían cuando todavía vivía». Tras la muerte, hizo que muchos espontáneamente le rezaran y lo invocaran, pidiéndole gracias, ayuda, intercesión. Creciendo cada vez más su fama de santidad, el 13 de julio de 1975 se inicia el proceso diocesano. El 2 de marzo de 1986 son reconocidas sus virtudes heroicas y proclamado venerable. Sus restos mortales fueron trasladados del cementerio a la iglesia de San Agustín, en Rímini, meta de peregrinos, de visitas, de oración. Un libro, junto a la tumba, recoge pensamientos, peticiones de gracias, acciones de gracias.

En agosto de 1991 se acerca también a la tumba de Alberto el profesor Tito Malfatti, medico de Bolonia que sufre una dolorosa «ciática con hernia discal L4 L5 de tipo medio y paramediano izquierdo, retrolístesis de L4 L5». El profesor Malfatti no puede ya ejercer su profesión: cojea vistosamente, no le rigen los pies, los músculos del muslo izquierdo van menguando. Pide un mes de descanso en la dirección sanitaria de su hospital. Consulta a los mejores especialistas en la materia. No encuentra ninguna mejoría. Más aún, ninguno le da esperanza de una recuperación total. Ante la sugerencia de su cuñada, va a la tumba de Alberto Marvelli a Rímini para pedirle la gracia. Al cabo de una semana, los dolores desaparecen y el médico puede reemprender su trabajo normal.

El 7 de julio de 2003, el Papa Juan Pablo II declara solemnemente «que se trata de un milagro, obtenido de Dios por la intercesión de Alberto Marvelli, la curación bastante rápida, completa y duradera del profesor Tito Malfatti».

Alberto Marvelli fue beatificado por Juan Pablo II el 5 de septiembre de 2004, en Loreto.

CRONOLOGÍA

21 marzo 1918: Alberto Marvelli nace en Ferrara

Junio 1930: Alberto frecuenta en Rímini el oratorio salesiano y se inscribe en la Acción Católica.

Octubre 1933: comienza a escribir su diario, que es la historia de su vida interior.

Junio 1936: termina bachillerato y se inscribe en la Facultad de Ingeniería mecánica en la Universidad de Bolonia.

30 septiembre de 1936: es vicepresidente diocesano de la Acción Católica.

Julio 1941: para como militar, primero a Trieste, después de Treviso.

1 noviembre 1943: comienzan los bombardeos sobre Rímini. Alberto se convierte en el obrero de la caridad.

21 junio 1945: es presidente de los Licenciados Católicos.

23 septiembre 1945: está en la Junta del Ayuntamiento, como asesor de obras públicas.

Septiembre 1945: se inscribe en el Partido de la Democracia Cristiana.

Abril 1946: candidato en las elecciones administrativas en la lista de la Democracia Cristiana.

5 octubre 1946: muere al ser envestido por una camión militar.

ALBERTO MARVELLI (1918-1946), CRECIDO ENTRE LOS JÓVENES DEL ORATORIO SALESIANO Y DE LA ACCIÓN CATÓLICA DE RÍMINI, HA DEDICADO SU VIDA A LA BÚSQUEDA INCANSABLE DE LA VERDAD Y DEL AMOR, LLEVANDO EL EVANGELIO AL CORAZÓN DE LA SOCIEDAD. EN LA CIUDAD DESTRUÍDA POR LOS BOMBARDEOS SE PUSO AL SERVICIO DE LA RECONSTRUCCIÓN, PREOCUPÁNDOSE SOBRE TODO DE LAS FAMILIAS POBRES Y LOS SIN-TECHO. ASESOR DE OBRAS PÚBLICAS, PRESIDENTE DEL CONSEJO HIDRÁULICO, FUNCIONARIO DEL CUERPO CIVIL DE INGENIEROS, MORIRÁ A LOS 28 AÑOS DURANTE LA CAMPAÑA ELECTORAL EN LA CUAL ERA CANDIDATO A ALCALDE DE RÍMINI.

FAUSTO LANFRANCHI (1926) ES LICENCIADO EN LETRAS EN BOLONIA EN 1952. TRAS FINALIZAR SUS ESTUDIOS TEOLÓGICOS, FUE ORDENADO SACERDOTE EN LA DIÓCESIS DE RÍMINI. CONOCIÓ PERSONALMENTE A ALBERTO MARVELLI DEL CUAL ES VICEPOSTULADOR DE LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN.

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